
Jesús andaba lamentándose por el Paraíso. Harto de escuchar sus quejas, el arcángel Gabriel le aconsejó dejar de lloriquear y exponer su caso ante quien tenía autoridad para remediarlo: el Espíritu Santo. Y Jesús siguió su consejo.
-Hola, Espíritu Santo. Estoy muy disgustado. Dejé la Iglesia, la obra de mi vida, a tu cuidado; y es obvio que cada vez se aparta más de mis enseñanzas. He esperado un tiempo prudencial -2000 años- pero al final veo que tendré que pedirte cuentas. ¿Qué está pasando?
-¿Que qué está pasando? ¿Qué quieres decir? Cada vez está más extendida por el mundo y es más poderosa. De ser una secta perseguida ha pasado a ser un gran Estado y estamos a la espera de que nos dejen entrar en el G20. No sé qué más quieres.
-¿Pero no te das cuenta de que todo ésto no tiene nada que ver con la filosofía que yo mantuve cuando estuve entre los hombres? ¡Esta no es mi Iglesia, es un monstruo que nada tiene que ver conmigo!
-¡Ay, Jesusín! Siempre has sido un poco torpe, pero a ver si te lo explico de forma que lo entiendas. Cuando te empeñaste en bajar a la tierra y cambiar el sistema, tu Padre, que además de estar chocho te lo consiente todo, dijo que sí en contra de mi opinión. Y, como no podía ser de otra manera, hiciste el ridículo, además de hacerle enfermar a tu Padre de preocupación. Creo que la elección de María fue un error para empezar. Esa mística... Y tú eras un blandengue, con tus enfermos, y tus pobres... Te querías enfrentar al sistema, y te comportabas como un corderito. Todo el mundo se reía de tí, menos los neuróticos que te seguían. Acabaste como acabaste y no se enteró ni dios. Bueno, Dios sí, y menos mal que se me ocurrió lo del eclipse y los truenos y eso. ¿Qué coño de Iglesia iba a salir de toda esa mierda?
Y luego apareció Pablo. Ese sí era un tipo inteligente, ambicioso y con ganas de triunfar. Un ciudadano romano con una madre que era una señora, estricta y con saber estar, y que le educó como debe ser. Cuando leí sus cartas a los éfesos, lo tuve claro. ¡Así sí se podía levantar una Iglesia! Y lo hice. La salvé para tí.
-¡Pero es la Iglesia de Pablo!
- ¡Claro! Pero en todas las ceremonias se leen trocitos de tu vida y las tonterías que decías. Tú sigues figurando como el protagonista de la película. ¿Qué más quieres?
- ¡Cómo me desprecias! ¡Nunca me has querido!
- Pues la verdad es que eres un poco defectuoso y una rémora en el conjunto de la Trinidad. Tienes bien poco de Dios. Pero aquí estás, eres parte de la familia, y por éso te he ayudado. Bueno, ya te lo he explicado todo. Hala, vete a jugar con tus ovejitas y tus leprosos y déjame seguir estudiando cómo van las acciones del Ambrosiano.
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