Friday, December 17, 2010

Cuento de Navidad


Había una vez una rueda de repuesto que vivía muy tranquila en el maletero del coche, debajo de la alfombrilla. El espacio que habitaba era reducido pero muy cómodo, y además iba sujeta con unas gomas que impedían que se golpease contra la carrocería en las curvas o cuando había baches en la carretera. Acunada por el suave movimiento del coche, el apagado ronroneo del motor y las leves voces de sus hermanas que charlaban mientras rodaban, pasaba media vida dormitando, tranquila y feliz, sin percatarse de los viajes que hacía, ni de los kilómetros que recorría, ni de los paisajes que atravesaba. A veces se abría el maletero, y el dueño la sacaba en alguna gasolinera para medir la presión. En esas ocasiones, pasado el primer momento de desconcierto ante la luz cegadora y el traqueteo, disfrutaba bastante de la aventura, y esos breves momentos le daban suficiente material para soñar durante meses seguidos.
Pero un día le despertó una violenta explosión seguida de un brusco frenazo. Sus hermanas gritaban y lloraban, y ella se asustó. Se hizo el silencio y se abrió el maletero. Unas manos firmes la levantaron y vio que le atornillaban en el lugar donde había rodado una de sus hermanas, que ahora estaba tirada en el suelo, destrozada.
El coche se puso en marcha y ella empezó a rodar. Iba cogiendo más y más velocidad. El viento pasaba a su lado acariciándola, notaba el ardiente suelo bajo su vientre, el paisaje desfilaba a una velocidad arrolladora. Al principio sintió vértigo, luego una alegría infinita que le hacía desear correr más y más... ¡Esto era! ¡Para ésto estaba hecha! Notaba cómo la goma se iba calentando más y más, y cómo aguantaba la presión. Se sentía poderosa, la reina de la carretera.
Al fin, el coche paró, la desatornillaron y la volvieron a meter en su cubículo. Poco a poco se fue serenando, pero ya no podía dormir. Sólo esperaba que la volvieran a sacar.
Pero pasaban los días, y los kilómetros, y seguía allí metida. Estaba cada vez más impaciente. Y se atrevió a preguntar: "Eh, chicas, ¿sabéis cuándo voy a salir otra vez?" Y ellas rieron, y le contestaron: "Esperamos que nunca. Sólo eres la rueda de repuesto."
Y por primera vez en su vida de rueda lloró amargamente. Y las lágrimas caían haciendo preciosos regueros por los flamantes dibujos del neumático.
Un día se abrió por fin el maletero. No lo podía creer. ¿La volvían a sacar! Pero vio que le enchufaban al aparato de medir la presión, y que sus cuatro hermanas charlaban, orondas y sanas, sujetas a sus respectivos ejes. Y no lo pudo aguantar. Cuando la volvían a subir al maletero, saltó y se fue rodando contra la mediana de la autopista, rebotó y salió disparada hasta un terraplén, por el que cayó dando tumbos. Al llegar al fondo, se encontró rodeada de decenas de ruedas en distintos estados de descomposición: ruedas de bicicleta con los radios arrancados, ruedas torcidas de motos, ruedas medio quemadas de camión. Todas desinfladas, sucias, viejas, cubiertas por las zarzas... Ni siquiera tenían fuerzas para saludarle.
En la gasolinera el empleado le dijo al dueño del coche: "¡Vaya putada! Se ha ido hasta el fondo. Desde aquí la veo. ¿Va a bajar a por ella?" Y el dueño le contestó: "¿Bajar hasta allí? Ni de coña. Total, estaba ya bastante estropeada. Y además dentro de poco voy a cambiar de coche. Ahí se queda."

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